Empresas B: ganar dinero sumando valor social

 

Actualmente el mundo está poblado por más de 7.000 millones de habitantes y se estima que se alcanzarán los 9.000 millones para el 2050. En los últimos 50 años se duplicó la población global y en ese mismo período, con el fin de satisfacer las crecientes demandas de alimento, agua, fibra y energía, hemos alterado los ecosistemas más rápida y extensivamente que en cualquier período comparable en la historia del hombre. Estos cambios han ayudado a mejorar la vida de miles de millones de personas, pero al mismo tiempo han debilitado la capacidad de la naturaleza para brindar otros servicios clave, tales como la purificación del aire y del agua, protección contra eventos naturales extremos y provisión de medicinas.

La extracción global de recursos (teniendo en cuenta apenas el peso físico de lo que se retira directamente de la superficie terrestre en la construcción civil, en la minería, en los combustibles y en la biomasa) aumentó ocho veces a lo largo del siglo XX, de 35.000 millones de toneladas anuales en 1980 a 60.000 millones de toneladas en 2005. Un promedio aproximado de 10 toneladas anuales por habitante, sólo que el 75% de esos recursos son consumidos por menos del 20% de la población, generando situaciones de inequidad al extremo que un habitante de la India utiliza 4 toneladas anuales, frente a las 25 toneladas anuales que utilizará un canadiense a lo largo de su vida.

Actualmente consumimos casi 50% más recursos de los que el sistema natural que nos sustenta consigue regenerar. Si mantenemos esta tendencia será necesario el equivalente a 2 planetas al 2030 y una extracción anual de 140.000 millones de toneladas de recursos en 2050. La rapidez con que nos acercamos a los límites planetarios es desconcertante.

Esta circunstancia no es casual. La explosión demográfica es un factor importante para generar y mantener esta problemática, pero se trata de un factor que -en principio- escapa a nuestro control. Pero la forma en que concebimos y desarrollamos nuestro sistema económico por otra parte, tiene mucho que ver con el asunto y puede (y debe) ser cuestionada. Difícilmente podremos tener practicas sostenibles de crecimiento económico si una de las principales herramientas que utilizamos para medirlo -el PNB- otorga valoraciones más positivas cuanto más destructivas son las actividades económicas desarrolladas. Al respecto, el escritor Bill Bryson nos ofrece un claro ejemplo de lo absurda que resulta esta unidad de medida: “Las actividades indeseables suelen generar mayor PNB que las actividades deseables. Hace poco estuve en Pennsylvania, cerca de cierta factoría de zinc cuyas emisiones resultaban tan contaminantes que habían deshojado por entero la ladera de una montaña vecina. Desde la valla de la fábrica hasta la cima de la montaña no se veía una brizna de vegetación. Sin embargo, desde el punto de vista del PNB, ésta era una circunstancia maravillosa. En primer lugar, la economía se beneficiaba de todo el zinc que la fábrica había refinado y comercializado a lo largo de los años. En segundo lugar había que contar las decenas de millones de dólares que el gobierno tendría que invertir para eliminar los efectos de la polución y devolver la montaña a su estado primigenio. Por último, cabía sumar la ganancia continua aportada por el tratamiento médico de los obreros y vecinos convertidos en enfermos crónicos por obra de la contaminación.

En términos de cuantificación económica convencional, todos los factores constituyen ganancia, y no pérdida. Lo mismo ocurre con la sobreexplotación de mares y lagos, y la deforestación. En pocas palabras, cuanto más ávida sea la explotación de los recursos naturales, mejor irá el PNB. Como lo describió el economista Herman Daly en cierta ocasión: ‘el actual sistema económico trata nuestro planeta como si fuese un negocio en liquidación.’

Empresas B

Se hace necesario entonces repensar la forma en que generamos ganancias; idear negocios que sean rentables pero a la vez beneficiosos para la sociedad y/o el medioambiente. Necesitamos empresas que verdaderamente generen “valor a sus diferentes grupos de interés”, y no solo a sus accionistas. Por suerte, ya existen empresarios innovadores que vienen trabajando con esta filosofía; que dirigen empresas orientadas por un propósito, empresas con rendimientos financieros que producen impacto social y/o ambiental positivo. Se trata de las Empresas B, que se distinguen por buscar ser “las mejores PARA el mundo y no las mejores DEL mundo”. Tienen presencia cada vez más relevante y lejos de ser una anécdota ocasional, constituyen ya un movimiento global.

Las empresas B tienen como su foco central los negocios que se crean para ofrecer beneficios sociales o ambientales a través de la venta de productos y servicios y que entienden la rentabilidad financiera como una herramienta indispensable para lograr sus fines, pero no como su única razón de ser. Son empresas con un ADN propio, definido por el objetivo social y/o ambiental. Las empresas B se diferencian de las empresas tradicionales que mantienen como su propósito central el maximizar la rentabilidad financiera de sus dueños o accionistas, y que en algunos casos incorporan prácticas responsables con la sociedad y el medio ambiente, pero como una actividad complementaria.

Conviene diferenciar las empresas B de las iniciativas filantrópicas. Éstas últimas han conseguido importantes logros en la atención a poblaciones o grupos desfavorecidos. Sin embargo, su posibilidad de escalar en impacto se encuentra muy limitada por la dificultad de acceder a una financiación estable y por descansar en modelos económicamente insostenibles.

Sin desconocer el esencial aporte de las empresas que trabajan su responsabilidad social, las empresas B no pertenecen inherentemente a este grupo, pues la resolución de los problemas sociales o ambientales es su razón de ser y no solo una estrategia complementaria. Las empresas B buscan desarrollar modelos viables económicamente, capaces de ofrecer respuestas a los problemas de la sociedad y el medioambiente, con modelos de negocio que parten de un nuevo tipo de ADN.

Junto con estas nuevas empresas surge un nuevo tipo de inversionista, el inversionista de impacto, que busca crear un impacto positivo más allá del retorno financiero. No solo quiere evitar invertir en empresas que hacen daño a las personas o a la naturaleza, sino que busca activamente ubicar capital en negocios y proyectos que pueden ofrecer soluciones de escala a los problemas sociales y ambientales del planeta. Fondos como FIS, Acumen Fund, Ignia, Social Venture Fund, Adobe Capital, Agora Partnerships, FIRST, Inversor, Equitas Ventures, Angel Ventures Mexico, Bamboo FINANCE, Indigo, LGT, SEAF Colombia, PYMEcapital – Nicaragua, Root Capital y VOX Capital trabajan ya en Centro y Sudamérica.

Promoviendo las empresas B en Latinoamérica

InContext-57.2

Para apoyar el surgimiento y fortalecer la escala y relevancia de este nuevo sector empresarial que quiere usar la capacidad de las empresas para resolver problemas sociales y ambientales es necesario trabajar por lo menos en tres frentes:

Los objetivos están definidos. Solo resta avanzar. Será necesario articular esfuerzos, motivar la construcción de comunidades, redes, nodos y plataformas de apoyo, generar nuevas oportunidades de mercado, visibilizar y posicionar a estas empresas, motivar la investigación y gestión del conocimiento, la docencia y otras actividades de diseminación. El desafío para generar ganancias en base a un desarrollo sostenible está planteado.

Fuentes

 

Envio No. 57

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