
En medio de la reconfiguración de la política internacional y de las reflexiones que este momento ha impulsado en diversos ámbitos, quienes formamos parte del sector filantrópico hemos venido dialogando sobre el papel que nos corresponde jugar ante el impasse que atraviesa el actual modelo democrático.
Los retos actuales del sector incluyen la reducción de los espacios de participación cívica, las restricciones en la movilización de recursos, la urgencia de renovar el multilateralismo y los cambios de estrategia de las fundaciones. Si bien ya existe consenso sobre el diagnóstico, hay un elemento del que no se ha hablado lo suficiente y que es urgente abordar: el riesgo que se percibe en el sector al financiar estrategias que sean prodemocracia y no solo que contribuyan a la agenda democrática.
Esto es lo que presentó recientemente Pedro Bocca, coordinador de Asuntos Internacionales y Políticas Públicas de GIFE (Grupo de Institutos, Fundaciones y Empresas) en Brasil, en el foro «Conectando estrategias filantrópicas en las Américas: desde América Latina, hacia una agenda compartida para el espacio cívico y la resiliencia democrática», convocado por Fundación Avina, Hispanics in Philanthropy y Open Society Foundations con motivo de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas de este año. En ella, por un lado, el financiamiento en silos de alguna forma incide en la democracia, pero estos recursos se atomizan al no haber una estrategia compartida. Es distinto cuando hay una intencionalidad dirigida a robustecer el ecosistema filantrópico, apoyando a los actores sociales que están en la primera línea abriendo diálogos, fomentando el debate y sosteniendo conversaciones que pueden tensar y ajustar relaciones en el momento actual.
Apostar por el financiamiento del ecosistema democrático, entendido a través de su diversidad de actores, tiene el objetivo concreto de fortalecer la base democrática y, a su vez, habilitar condiciones sociales, políticas y culturales para la construcción de un proyecto de sociedad. Es construir el piso mínimo que permita el florecimiento de respuestas al momento.
Aún son pocos los financiadores que tienen claro el apoyo al ecosistema democrático. Uno de los argumentos que explican esta situación es que defender la democracia se interpreta como una postura política y suele leerse como propia del campo progresista. Sin embargo, la distinción de fondo no es entre izquierda y derecha, sino entre lo democrático y lo antidemocrático, entre lo autoritario y lo no autoritario. Este cambio de eje transforma la conversación: la actualidad nos exige análisis más profundos que superen la ecuación polarizante y no dejen atrás los mínimos para la construcción conjunta.
Desde hace más de 30 años, la región vive una fragmentación de su identidad. Al compartir problemáticas comunes, ha ido construyendo respuestas sobre la marcha: en ocasiones más integrales y en otras completamente individualizadas. Esto desaprovecha una oportunidad: con los lazos social y culturalmente construidos, América Latina y el Caribe, como conjunto de países que comparten territorio y recursos, podría posicionarse en otro lugar, responder a los desafíos actuales con otras estrategias y afianzar una visión latinoamericana. La percepción es que América Latina y el Caribe, si bien comparte muchos elementos, no se caracteriza por una respuesta conjunta que ayude a mejorar y habilitar condiciones democráticas que conduzcan al buen vivir y a una prosperidad compartida.
El momento exige orientaciones estratégicas comunes. Ello supone abrir instancias que amplíen la conversación e integren a nuevos actores, enriqueciendo el intercambio sobre dónde nos encontramos y hacia dónde apuntan esos esfuerzos conjuntos. De ese ejercicio pueden nacer innovaciones que impulsen los cambios urgentes que la región reclama, respondiendo a una interrogante clave: ¿de qué manera puede la filantropía ayudar a disminuir las condiciones polarizantes y activar aquellas que habilitan la democracia?
Como región debemos ordenar las conversaciones entre distintos sectores sociales y actores dentro de la filantropía, para que esto sirva para orientar una identidad regional filantrópica. Debemos desmitificar los riesgos de financiar la democracia, en favor de la construcción de ecosistemas filantrópicos perdurables y, por fin, mirar a América Latina y el Caribe como una región relevante en el contexto global. Este es un momento para volver a la raíz del rol de la filantropía en democracia y de los presupuestos de nuestras fundaciones para ello. Si perdemos la democracia, ¿qué lugar quedaría para la filantropía?
Anaid Alcázar
Programa Democracias – Fundación Avina














